VIDAS

Me confieso un apasionado de la cultura del vino, y a estas alturas debo confesar que nunca me he perdido una sola vendimia. Cuando se acerca la fecha uno siente una extraña sensación de nerviosismo por un lado, ante el inminente acontecimiento, y por otro de paciencia contenida a la justa espera del momento crucial en el que da inicio un año más la vendimia.

A pesar de esa vocación en mi familia por las cepas, nadie se había atrevido a hacer algo más. Poco a poco fue despertando en mí una inquietud imparable por culminar un trabajo que me parecía siempre dejar a medias. Entonces empecé a forjar la idea de hacer vino…
Con un poco de dinero ahorrado adquirí un terreno en el Pago Cerro Encinas, que había sido viña hacía más de 30 años, y empecé a plantar de nuevo al modo antiguo (con azada) los primeros plantones en el año 1998.
Un año más tarde los injerté yo mismo y manualmente, en las diferentes variedades de uva que escogí de uva roja y blanca

Me convertí por tanto en el “primer” viticultor que había plantado variedades rojas en toda la provincia de Córdoba. Por ello me concedieron el Premio al Agricultor del Año en Montilla (año 1999).
Creo que la gente entonces pensó que yo estaba un poco loco, ¿uvas rojas en tierra de vinos blancos generosos?… Pues sí, lo hice, y lo hice porque la tierra no entiende de colores, ni de variedades; la tierra, como buena madre, nos acoge. Hay que señalar que en mi región hay una cepa implantada por encima de todas que es la Pedro Ximénez. Se dice que es la cepa autóctona, aunque se sabe que antes de la P.X. había un cultivo multivarietal, donde cepas blancas y tintas convivían en la misma región. De hecho hay zonas de la comarca que estuvieron elaborando vinos tintos hacia 1930, y supongo que estuvieron presentes hasta no hace mucho. Todo esto se fue perdiendo con la industrialización del vino. Por tanto me planteé también recuperar esa riqueza multivarietal que había desaparecido.

En 1999 nació mi primer vino. a partir de las uvas que habían producido los injertos. Fue de una manera totalmente artesanal; con una criba despalillé las uvas, fermenté el vino en un tonel y prensé con una vieja prensa prestada. Al final salieron unas 70 botellas de las cuales 5 guardo de recuerdo, y son para mí el mayor tesoro de la bodega.

El 2001 fue uno de los años más difíciles, pues hice la gran apuesta: conseguir sacar mis primeras botellas al mercado.  En escasos 40 metros cuadrados instalé mi bodega. A toda prisa me dispuse el día 10 de agosto de 2001 a iniciar la vendimia.
Recuerdo los nervios y la emoción que sentí cuando por fin entraban las uvas en la bodega, y sobre todo recuerdo lo accidentado y apresurado que fue ese primer día.
Fue muy emocionante emprender mi camino hacia mi primer vino.

Después, en los siguientes años, partiendo del respeto al el medio ambiente y con la experiencia vivida, procuro mejorar día a día para ofrecerles el mejor alimento que pueda dar mi tierra, aprendiendo continuamente del viñedo y del vino.

De cosecha a  cosecha,  todo lo que acontece en ese tiempo medido… lluvia, tormenta, frío, calor, sol, viento del atlántico o aire Solano… Tierra, cepas… eso es vino.

De la misma forma, de cosecha a cosecha, las personas vivimos experiencias, que como el tiempo, las hay de todo tipo, buenas, malas, de aprendizaje, de olvido, de pasión, de rebeldía,  la cosecha en que se nace o  la última vendimia que se cosecha…, todo ello es nuestra vida, al igual que el clima, la tierra y las cepas son el vino.

En definitiva cosechamos nuestras uvas al mismo tiempo que nuestras vivencias. Y esta es nuestra filosofía, unir ambas,  igual que se abrazan el MAR y la ARENA,  y como resultado, simplemente “vino”.

Las cepas maduran sus uvas cada año, cada cosecha es única, y cada botella de Marenas, siempre encierra una pequeña historia de VINOS, VIÑAS Y VIDAS….

José Miguel Márquez.

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